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Conocido como el “obispo de los pobres”, Monseñor Luis Alberto Luna Tobar deja una huella imborrable en los ecuatorianos por ser un religioso muy apegado a la gente humilde y defensor de los derechos humanos, a pesar de proceder de una familia acomodada se dedicó a servir a los indígenas, a la gente de barrios populares y a todos aquellos que necesitaban un consejo.

Luna Tobar nació en Quito el 15 de diciembre de 1923. Fue el séptimo de trece hermanos que vivían en el centro histórico de la capital ecuatoriana. Hizo sus primeros estudios en el Pensionado “Pedro Pablo Borja” y en 1936 cursó el primer año de secundaria en el Colegio “San Gabriel” de los padres Jesuitas.

En una excursión junto a los Boy Scout a la Misión Carmelitana de Sucumbíos se sintió atraído por esa vida de servicio. En 1938 fue enviado a realizar sus estudios religiosos a España, durante la Guerra Civil de esa nación. El 3 de Agosto de 1939 fue el primer ciudadano ecuatoriano en tomar el hábito de la Orden de los Carmelitas Descalzos en Burgos de Osma y al año siguiente hizo su profesión religiosa.

“Mi padre había prestado su nombre para que los Carmelitas tuvieren sus propiedades en el Ecuador y quizá por eso yo había oído en mi casa, siempre, de ellos. El día de nuestra decisión ingresamos cuatro: César Duran Ballén Cordovéz, Eduardo Arosemena Monroy, José Arreaga Bucheli y yo, pero ellos se salieron enseguida, solo yo persistí en la vocación”, señaló el monseñor en una entrevista.

De regreso al Ecuador se convirtió en el párroco de Santa Teresita (una parroquia quiteña) durante 22 años (hasta 1968) llegándose a convertir en el sacerdote de “moda” por lo que no había bautizo, confesión, ni matrimonio que no celebrase. Sin duda fue por su carisma que inspiraba confianza lo que le llevó también a ser el consejero de cientos de personajes de la política y el mundo social de la capital.

En 1977 fue nombrado obispo auxiliar de Quito y, en 1981, designado arzobispo de Cuenca, donde ejerció un apostolado dirigido por los pobres. En ese tiempo aplicó las líneas de la iglesia que hablan de proteger al débil y ayudar al desvalido sin ocasionar daño a nadie e incluso  dirigió su pastoral estudiando a fondo con el campesino.

“Mi gusto mayor es haberme entendido con los campesinos, tenemos una armonía muy grande”, eran sus palabras de siempre.

Fue precisamente por esto que su nombre se convirtió en símbolo de resistencia cuando en 1999 encabezó movilizaciones junto con indígenas del país en contra de la crisis bancaria que se desató en el gobierno de Jamil Mahuad, quien más tarde provocaría el feriado bancario. La protesta logró la caída del presidente.

A menos de un mes del golpe, Roma promovió a Monseñor Vicente Cisneros Durán, Obispo de Ambato, para ocupar el arzobispado de Cuenca. Así fue como se retiraba la figura mayor de la iglesia ecuatoriana de fines del siglo XX. En ese momento confesó a la prensa: “He sonreído mucho, he dado esperanza a la gente y he reclamado por las mayorías” y fue por ello que dejó su cargo con la sonrisa de la labor cumplida.

El obispo de los pobres también fue articulista para periódicos y revistas. Una de sus participaciones más importantes fue en la Revista de la Facultades de Derecho de la PUCE de Quito y Cuenca (desde 1954 hasta el 1968) y en los Archivos de Psiquiatría y Criminología de la Casa de la Cultura.

En los diarios de Quito escribió por años y con distintos pseudónimos sobre temas religiosos, socio-políticos y hasta taurinos, pues como herencia de su educación en España fue aficionado a este arte con buenos conocimientos y criterio.

En 2001 fue presidente del Tribunal Ético para la Deuda Externa. Mientras que sus últimos aportes al país fueron durante el gobierno de Rafael Correa, cuando fue presidente de la Comisión Especial de Investigación de la Deuda Externa e integró la Comisión de la Verdad que analizó casos de violaciones de los Derechos Humanos.

Hasta sus últimos días, Luna Tobar demostró que una voluntad férrea para combatir la magia y el fanatismo porque argumentaba que eso denigraba a la religión. Se lo calificó como un hombre de paz en tiempos de guerra por ser sereno, valiente, sencillo y jovial; también se lo acuso de comunista por su trabajo comprometido hacia los demás por lo que tuvo problemas con la misma iglesia y también con algunos gobiernos.

Durante las últimas semanas de enero, el monseñor de 93 años, permanecía internado en cuidados paliativos afectado por la insuficiencia cardiaca severa, la hipertensión arterial aguda y otras complicaciones.

La Conferencia Episcopal ecuatoriana señaló en un comunicado que se estaba “apagando progresivamente” y pidió a la ciudadanía que levantara una oración por la salud de monseñor “que en estos instantes de su vida terrenal espera estar en camino hacia la Casa del Padre”.

Es así como monseñor abandonó esta vida terrenal pero su lucha incansables, sus consejos y todos los conocimientos que depositó en diferentes medios de comunicación, así como desde el pulpito de la iglesia durante la misa y otros cuantos que dio personalmente a mucha gente jamás se borrarán de la mente de los ecuatorianos.

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