Durante años, la inflación ha sido presentada como una de las fortalezas de la economía ecuatoriana. Gracias a la dolarización, Ecuador ha evitado las escaladas de precios que golpearon a países como Argentina o Venezuela. Sin embargo, esa estabilidad estadística parece no coincidir con la realidad de millones de familias.
La sensación se repite en mercados, supermercados y hogares de todo el país: el dinero alcanza para menos.
La paradoja es real. Ecuador registra una inflación acumulada relativamente baja, pero al mismo tiempo una creciente percepción de pérdida de poder adquisitivo. La explicación no está en un solo factor, sino en una combinación de alimentos más caros, ingresos estancados y costos que aumentan silenciosamente fuera de los titulares económicos.
¿Por qué el dinero ya no alcanza igual para comprar comida en Ecuador?
Entre 2016 y 2026, los precios de los alimentos en Ecuador aumentaron entre 19% y 21%. En el mismo período, la canasta básica familiar pasó de alrededor de $686,74 a $821,47 al mes (casi 20% más).
Visto de otra manera, una familia que destinaba $100 para comprar alimentos hace diez años necesita hoy al menos $120 para adquirir una cantidad similar de productos.
Aunque el incremento parece moderado frente a otros países de la región, el problema surge cuando se compara con la evolución de los ingresos.
El salario básico aumentó de $366 en 2016 a $482 en 2026. Sin embargo, los ingresos promedio de los trabajadores adecuados, aquellos que cuentan con empleo formal, pasaron de $790,15 mensuales a $764,15. Es decir, incluso antes de descontar la inflación, ganan menos que hace una década.
Entre los subempleados, la situación también empeoró. Sus ingresos promedio bajaron de $219,20 a $214,85 mensuales.
Cuando se incorpora la inflación acumulada de los últimos diez años, cercana al 12,69%, la pérdida es todavía mayor. En términos reales, muchos trabajadores han visto reducirse su capacidad de compra pese a que nominalmente reciben ingresos similares o ligeramente superiores.
«Antes iba al mercado con $100 y regresaba con las fundas llenas para toda la semana. Ahora llevo $120 o $130 y aun así tengo que dejar productos porque ya no me alcanza», cuenta María Fernanda, madre de dos hijos en Quito. «La carne la compro menos, las frutas las elijo más y siempre estoy comparando precios. Lo más duro es que uno siente que trabaja igual o más que antes, pero cada mes el dinero rinde menos».
En términos prácticos, un trabajador que ganaba $790 al mes hace diez años debería recibir hoy entre $890 y $956 para mantener el mismo nivel de vida. Sin embargo, el ingreso promedio de un trabajador formal apenas supera los $760. La diferencia ayuda a explicar por qué muchas familias sienten que trabajan igual o más que antes, pero cada vez salen del supermercado con menos productos en las fundas.
El índice de inflación no lo cuenta todo: la otra cara del costo de vida en Ecuador
Fernando Negrete, doctor en economía y empresario, sostiene que parte de la explicación está en la forma en que se analiza la inflación en Ecuador.
Según explica, el índice general de inflación puede dar una imagen incompleta de lo que ocurre realmente dentro de la economía.
Mientras ciertos productos ligados a combustibles o energía pueden registrar reducciones temporales de precio debido a factores internacionales o decisiones fiscales, otros costos fundamentales continúan aumentando de forma persistente.
Es lo que los economistas denominan inflación subyacente. Esta mide las tendencias más estructurales de los precios, excluyendo elementos volátiles. En economías dolarizadas como la ecuatoriana, puede ofrecer una fotografía más cercana a la realidad que enfrentan hogares y empresas.
Los estudios sobre inflación subyacente en Ecuador muestran que servicios intensivos en mano de obra y operación local, como restaurantes, comidas preparadas, servicios o logística, han mantenido incrementos constantes incluso en años de baja inflación oficial.
En otras palabras, aunque el índice general indique estabilidad, muchos de los costos que afectan la vida cotidiana continúan subiendo.
Cuando el promedio no refleja la realidad: por qué el supermercado pesa más que la inflación oficial
Para una familia, el problema no está en el promedio de precios de miles de productos que componen la economía, sino en algo mucho más concreto: lo que cuesta la compra semanal. Arroz, huevos, carne, leche, frutas, verduras, transporte y servicios básicos tienen un peso decisivo en el presupuesto del hogar y en la percepción real del costo de vida.
Por eso, una inflación anual baja, de 1% o 2%, puede coexistir perfectamente con la sensación de que cada visita al supermercado es más cara. No se trata de una contradicción, sino de cómo se distribuye el aumento de precios dentro de la canasta de consumo que realmente utilizan las familias.
A esto se suma un fenómeno menos visible pero clave: la acumulación. Una inflación baja no significa ausencia de inflación. Incluso incrementos modestos, sostenidos durante varios años, terminan generando efectos significativos cuando se suman en el tiempo.
En términos simples, un aumento promedio de apenas 2% anual puede parecer irrelevante, pero tras una década se traduce en un encarecimiento acumulado que ya impacta de forma clara el poder de compra.
Y allí aparece el efecto más silencioso. La pérdida de poder adquisitivo sin que cambien los ingresos. Una persona que ganaba $600 mensuales en 2023 y sigue recibiendo el mismo sueldo en 2026, con una inflación acumulada cercana al 2,68%, ya no tiene el mismo dinero en términos reales. Esos $600 equivalen hoy a poco más de $584.
No perdió el empleo ni le redujeron el salario. Sin embargo, puede comprar menos. Ese es el tipo de deterioro gradual, y poco visible en las estadísticas generales, que experimentan miles de hogares.
Otro factor clave es que las estadísticas salariales no reflejan la realidad de todos los trabajadores.
Más del 60% de la Población Económicamente Activa (PEA) se encuentra en condiciones de informalidad, subempleo o empleo inadecuado.
Mientras algunos trabajadores formales se benefician de ajustes salariales periódicos, una gran parte de la población depende de ingresos variables que no necesariamente crecen al ritmo de los precios.
El verdadero desafío: producir más para ganar más en Ecuador
El problema de fondo no se resuelve únicamente con aumentos salariales. La productividad laboral ecuatoriana ha mostrado un comportamiento prácticamente estancado durante la última década.
Sin una economía capaz de generar más valor por trabajador, los incrementos salariales sostenibles resultan difíciles.
A ello se suman otros obstáculos estructurales como la alta informalidad laboral; dependencia de sectores primarios; baja diversificación productiva; excesiva carga regulatoria; y limitada inversión privada.
El resultado es una economía que crea pocos empleos de calidad y donde los ingresos avanzan más lentamente que las necesidades de los hogares. (JS)


